LA MONTAÑA VACÍA

la montaña vacía

Cualquier viaje que realices resulta excitante porque te hace crecer como persona. Un lento proceso en el que llegas a desconectar tu mente para conectar con tu alma. Conocer a una persona nueva que siempre ha estado muy cerca de tí… Si, eres tú, con tus debilidades, con tus amenazas y tus fortalezas… Se trata de una oportunidad para profundizar en tus raíces, en tu silencio, en tus vacíos, en tus inquietudes.

La contemplación silenciosa de la naturaleza es, como han señalado muchos artistas y místicos a lo largo de la historia, la fuente del conocimiento de la esencia del propio ser. Esta verdad inefable subyace también en la poesía y el pensamiento clásicos chinos, en los que los sentimientos más profundos e indescriptibles son expresados de forma lacónica, con sugestiones que aluden a la totalidad que rodea al individuo. Es precisamente en este aspecto en el que destaca el poeta Wang Wei (699-761 d.C.), quien escribiera entre otras la obra literaria ‘La Montaña Vacía’. Al leer a Wang Wei uno tiene la impresión de que no existe un sujeto claro, sino que la voz del ser humano se pierde en la inmensidad de la naturaleza hasta disolverse, de modo similar a la desaparición del ego durante la meditación zen.

Y es que meditar es como viajar, ¿o es al revés?… Pablo d´Ors escribía en su ‘Biografía del silencio’ que la meditación nos concentra y devuelve a casa, nos enseña a convivir con nuestro ser. Agrieta la estructura de nuestra personalidad hasta que, de tanto meditar, la grieta se ensancha y la vieja personalidad se rompe y, como una flor, comienza a nacer una nueva. Meditar es asistir a este fascinante y tremendo proceso de muerte y renacimiento.

Es en este punto de cíclico confinamiento cuando me viene a la mente el territorio ‘Montañas Vacías’, que en algunas ocasiones he pedaleado… Y con éste, el recuerdo de unas bellas palabras escritas por Paco Cerdà en su libro Los últimos, Voces de la Laponia española:

[…] El silencio nos recibe. La desolación nos rodea. La belleza de la despoblación se despliega con toda su fuerza. Parece una contradicción, una paradoja. Pero es una innegable sensación de placer estético y sentimental que, a un tiempo, inocula el sentido de culpa en quien la experimenta.
Nadie debería gozar de la catástrofe etnológica, de la muerte de un pueblo y de su reducción a evocadoras ruinas. No debería uno permitirse el lujo inhumano de sentir regocijo visual de un silencio que es enmudecimiento forzoso, de una paz que es el resultado de una guerra perdida, de una melancolía ajena que no fue más que bilis negra sin ápice de encanto ni atractivo sensorial en quien la padeció en sus entrañas. […]

Este silencio está lleno de preguntas, y con el tiempo de respuestas, de incertidumbres y de certezas. Un océano hueco, un cielo dormido, una montaña vacía y un bosque eterno.